Plato alpujarreño

1. Receta y arreglo

Este es un plato muy recomendable para aquellos que tengáis el colesterol bajo. Si no podéis subirlo con tratamientos médicos, meterse un plato alpujarreño dos veces por semana entre pecho y espalda y el resultado es espectacular. Bueno vamos al arreglo, se ponen primero a freír a fuego lento los pimientos, se cortan las patatas como gajos de naranja, cuando los pimientos pierdan en el aceite la rigidez, se apartan, y en ese mismo aceite freímos las patatas con unos dientes de ajo enteros con un leve corte por la mitad. Siempre con el fuego medio para que el aceite cueza las patatas, las vamos moviendo con la rasera sin romperlas y evitando que se peguen. Cuando estén hechas las apartamos a una bandeja y las tapamos para que conserven el calor, mientras freímos los huevos en el mismo aceite procurando tostar la clara sin que se haga la yema. Le damos un par de vueltas al chorizo, la salchicha y la morcilla de cebolla (nunca de arroz), en la plancha o sartén, al gusto de cada cual. Lo presentamos todo junto, acompañamos con vino de la tierra alpujarreña y a disfrutar, es todo un lujo.


2. Consejo

Freír en el mismo aceite es una medida económica, además de trasladar sabores de unas piezas a otras. Para lo primero hay que ser ahorrativo, pa lo segundo tener arte. Los embutidos para este plato pueden estar fabricados en cualquier sitio siempre que sean de cerdo, sin embargo yo me quedo con los que hacen en cualquier lugar de la provincia de Granada, el mejor sitio del mundo para este menester, sin exagerar oiga.

3. Andaba yo con la mente en mis cosas...

Cuando me transporté a mis años mozos (y no tan mozos) de vivencias granadinas. Tenía doce años cuando por azares del destino fuí a vivir a Granada, y como un niño que descubre algo nuevo siempre tiende a exagerarlo e idealizarlo, tanto para bien como para mal, pero nunca a olvidarlo. Recuerdo por ejemplo que cuando volvía de visita a mi Almería de mi alma, le contaba a mis amigos que escuchaban estupefactos, que Granada era un sitio donde llovía sin parar hasta tres días seguidos incluso por las noches, que la gente usaba guantes como prenda de vestir, que todo el mundo tenía paraguas, que en las casas había unas cosas de hierro pegadas a la pared de cada habitación que se llamaban radiadores y que eran para una cosa llamada calefacción, que los grises montaban a caballo y corrían a hostias a los estudiantes de la universidad, ah...que había universidad y muy cerca de mi casa!, que en Almería jugábamos al fútbol mejor que en Granada (esto ya se que no es muy riguroso pero yo crecí con esa percepción, ya que yo era normalito jugando en Almería y en Granada era un crack), que a los almerienses no nos querían mucho por haber votado no a la autonomía andaluza, que había muchos hospitales (esto viene por influencia familiar) mientras en Almería había solo uno, y un largo etcétera de historias que podrían llenar la blogosfera enterita. Hoy y desde hace ya muchos años vivo en Almería, y considero a Granada mi tierra por igual, donde tengo excelentes amigos y recuerdos, el arte de reconocer a una legua el maravilloso acento granadino e imitarlo a la perfección (la vin compae, ehperate una mihilla), y la suerte de haber vivido y sentir como tuya la ciudad con mas embrujo y mas bella de toda España. Siempre recuerdo este poema:


dale limosna mujer


que no hay en la vida nada


como la pena


de ser ciego en Granada


Ah, y lo de los embutidos va en serio.